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El Teatro Avellaneda
Sentíase
en Cienfuegos la necesidad de poseer un buen teatro, porque cuándo éste
responde a sus legítimas tradiciones, es recreo del espíritu y cátedra
de orientación humana. Además, el teatro, el buen teatro, se contó
siempre entre las grandes glorias que adornaron al genio español. Los de
un Lope, de un Tirso, de un Moreto y de un Calderón, figuraban entre los
maestros del género y la reputación universal de que disfrutaban no se
debe a la amplitud de la producción, sino más bien a la profundidad
intuitiva con que en sus obras se analizan y proponen a la consideración
del lector los grandes y complicados problemas que pesan sobre la vida
humana.
El
reclamo popular llegado a oídos del gobernador don Francisco Mahy, le
incitó a concentrar su atención sobre este extremo. Pero no logró
llevar a la práctica sus proyectos, impedido de realizarlos por las
rivalidades surgidas entre vecinos acaudalados e influyentes, que querían
apropiarse de la mejor parte de la honra ... del provecho. Francisco Mahy
era hombre de realidades. No adornaba su espíritu una cualidad que mueve
a los verdaderos talentos organizadores: imaginación, apoyada en cierta
dosis de optimismo. Y desistió de la empresa.
Don
Luis Martínez Casado se hizo entonces el propósito de sumar otras
voluntades para llevar adelante su idea. Dotado de relativa experiencia en
el campo de los negocios, pero sobre todo animado de verdadero entusiasmo
por el proyecto, recabó de hombres de empresa la confianza indispensable
para superar las dificultades de financiamientos.
El
teatro de Cienfuegos no surgió de entre las manos de don Luis por obra de
encantamiento, que el entusiasmo y el optimismo no ponen en manos del
hombre emprendedor la mágica varita que hizo brotar agua de roca, en
tiempos de Moisés, según reza el relato bíblico. No seguiremos aquí
las vicisitudes de aquel empeño. Constatemos
más bien el resultado final: hacia fines de 1860, en la esquina
del Paseo de Vives, hoy Prado, y la calle Argüelles, se erigió un
teatro, que fue ornamento y orgullo de la ciudad, hasta que en 1868 lo
consumió un voraz incendió. Para bautizarlo, eligió don Luis un nombre
ya por entonces ilustre, el de Gertrudis Gómez de Avellaneda, gloría legítima
del arte dramático español, y del pueblo cubano en particular, que evoca
el nombre de la poetisa y dramaturga camagüeyana con el mismo orgullo y
veneración con que los griegos mencionan el de Safo, ya que en ambas se
reveló de manera insuperable el poder y la capacidad artística del
talento femenino |